Tenía tanta prisa y poco tiempo para hacer algunas diligencias personales antes que mis 25 minutos restantes de mis 12 horas de trabajo me hicieran terminar casi con migraña. Hacía una corta fila para inscribirme en la actualización del documento más importante de cada habitante del mundo, cuando se apareció a pocos centímetros mi amiga Nodalia a quien cariñosamente desde la Universidad le digo “Bruja”. Huellas digitales, firma y una copia barata como comprobante transcurrieron como el fastidioso flash de esa cámara cruel que capta la expresión más bochornosa de cada quien como si se tratara de un archivo caricaturesco de muertos con ropa de marioneta.
Procedí abrazar a mi bruja amiga a quien no le veía desde su partida a Brasil por asuntos laborales. Cuando regresó, siempre me preguntaba cuando nos juntaríamos. Ahí llegó el momento perfecto, sin planearlo. Yo le acompañaba mirando su sonrisa deslumbrante, esta vez no llevaba rizos en el pelo, sus dientes resplandecían por su blancura. Nodalia no había cambiado nada excepto los rasgos físicos que le acentuaban muy bien, seguía siendo la misma chica encantadora, soñadora, bohemia y con ese humor apasionado. Luego de que ella terminara de comer su pizza de 2985 calorías sin remordimiento alguno, nos trasladamos a pocos metros de distancia de esa plaza tranquila, sin ruido excesivo o niños molestosos invadiendo el espacio adulto.
Procedí abrazar a mi bruja amiga a quien no le veía desde su partida a Brasil por asuntos laborales. Cuando regresó, siempre me preguntaba cuando nos juntaríamos. Ahí llegó el momento perfecto, sin planearlo. Yo le acompañaba mirando su sonrisa deslumbrante, esta vez no llevaba rizos en el pelo, sus dientes resplandecían por su blancura. Nodalia no había cambiado nada excepto los rasgos físicos que le acentuaban muy bien, seguía siendo la misma chica encantadora, soñadora, bohemia y con ese humor apasionado. Luego de que ella terminara de comer su pizza de 2985 calorías sin remordimiento alguno, nos trasladamos a pocos metros de distancia de esa plaza tranquila, sin ruido excesivo o niños molestosos invadiendo el espacio adulto.
Antes de ordenar alguna bebida, procedí a mirar el comprobante del documento que me habían entregado minutos antes; ahí estaba presente la carcajada de la noche burlona al leer el complemento absurdo y canalla de los mediocres, políticos o encargados de un sistema que nos compete a todos los ciudadanos adultos del país. En una de las descripciones decía (dice) así: Color: Indio. Y vaya, sería más fácil si sustituyeran la palabra por otra en que al menos algunos no se sintieran avergonzados y entendieran mejor la postura de burla al referirse al termino que hace mención a una raza más que a un color de piel, debería ponerse: Indígenas y con todo mi respeto a los existentes en el mundo y sin discriminar su raza, entenderíamos una vez por todas, que somos el resultado del aparente descubrimiento del cuatrero Cristóbal Colón. Al menos a mi me hizo soltar un poco el estrés del día el absurdo leído… Miraba sus manos acariciar la taza que humeaba del ardiente capuccino, alejando mis ganas de probarlo para no sucumbir ante mi conciencia ...
Otra cosa había comprobado al encontrarme con mi apreciada amiga sin proponérmelo, los amigos de verdad siempre están contigo, te saludan con el mismo afecto sin importar los días que hayan dejado de verse, sin importar en que extremo del mundo se vayan, te reciben con los brazos abiertos, sin cuestionarte. Nos despedimos sin saber cuando nos encontraríamos a pesar de que propiciaríamos un nuevo encuentro para seguir la amena charla de vida nocturna, Sao Paulo, Brasil y Zamba o de las cotidianidades de nuestra faena con anécdotas dignas de enmarcar; ella siempre sería para mi una gran amiga, inolvidable, a quien sin importar los años o el estatus alcanzado llamaría siempre cariñosamente bruja …

