El escaparate divisor de su mirada colisionó con la magia que la noche hizo pedazos ante una espera justificada, apacible, sin luna pendenciera, burlona, absurda y tímida ante la cercanía de su sonrisa escurridiza y encantadora. Ningún sapo bailó en los senderos de la mente morbosa atiborrada de fantasía, con el chardonay deslizándose por los perfiles de su cuerpo blanco caucásico, desnudo, temblando ante el calor de sus caricias tenues en la noche, disfrutando sus labios cada sorbo mezclado con algunas gotas de sudor en su plexo lumbar como los torrentes de un volcán con el éxtasis de suspiros profundos, quejidos perdidos ante la tranquilidad del entorno y algunos carros indecentes de madrugada haciendo complicidad frente al derroche impreso por las huellas digitales de sus manos recorriendo cada parte de su cuerpo, sin mesura, sin pudor, con descaro. El embrujo de sus palabras despreocupadas no importaba ante el respiro en las proximidades de sus oídos sordos y despiertos ante el frenesí apasionado de disfrutar el exquisito manjar agitado que producía su lengua desplazándose por la interminable curva de su espalda erizada ante el vapor profundo de su respiración entrecortada de latidos acelerados y movimientos bruscos con parpadear de ojos dilatados, moribundos y ajenos a otra cosa que no fuera el caminar de sus dedos perdiendo el rumbo descarrilado de la ternura, el placer y desterrar la crueldad que alguna vez jugaba desesperar la cordura de sus ojos vivaces desnudando su cuerpo al voltear. La noche enmudeció para desatar la sinfonía de suspiros sin preámbulo, dividiendo paradójicamente la realidad que se perdía vertiginosamente por su ventana al girar su cabeza en el lado izquierdo de su almohada, para seguir extasiado… soñando!
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martes, 28 de julio de 2009
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