Las nubes envolvieron como por arte de magia el pequeño avión donde veníamos de regreso en un vuelo charter desde Portillo a Santo Domingo. Ahí estábamos los 5 pasajeros viendo como se estremecía el pequeño pájaro de metal de un lado a otro como capoeira; el cielo tenía la paleta más gris que puedan imaginarse y el torrencial más rabioso que lanzaba el firmamento con un diluvio que no permitía orientarnos. El piloto había sido muy osado al emprender el vuelo, pues en la torre la habían informado que en la Bahía de Samaná se encontraba una tormenta y un avión proveniente de Puerto Rico había tenido que devolver su travesía; valientemente emprendió el vuelo en compañía de su auxiliar, explicándonos antes de su ascenso que tuviéramos confianza en él; bordearíamos toda la costa marina a una distancia prudente tratando de no adentrarnos en ella; pero como saben, la madre naturaleza es impredecible y siempre se sale con las suyas. Miraba a mis 4 vecinos de vuelo, mi jefa, su hija y otros dos compañeros de trabajo. La niña de apenas 7 años comenzó a llorar preguntando insistentemente a su madre que pasaba, ella trataba de hacerle entender que todo era momentáneo, arrullando su cara a su pecho. Podía ver en cada uno de sus rostros el pánico más impresionante y el miedo engullendo el coraje de sus almas que divorciadas estaban de la paz interior o de la verdadera FE.
Uno de mis compañeros sudaba tanto que su cara parecía un manantial dividido en surcos y su respiración casi chocaba con su mandíbula. El otro atinaba a comerse las uñas con una desesperación tal que el borde de la cutícula de uno de sus dedos comenzó a sangrar experimentando al mismo tiempo un leve ataque de claustrofobia. Mi jefa empezó a orar en voz baja apretando sus ojos como si deseara que lo ocurrido en el momento fuera una pesadilla y que al abrir sus ojos se encontraría en una plácida cama bordeaba de almohadas rellenas con plumas de ganso. Abrió sus ojos y el avión tambaleaba más; escasamente podían verse algunos relámpagos. El piloto comenzó a desender un poco su altura; ahora eran madre e hijas que lloraban cual Magdalenas en el calvario sin consuelo. Yo contemplaba la escena fríamente, viendo una pequeña luz roja intermitente a un lado del copiloto que anunciaba que algo andaba mal; el joven buscaba apresuradamente en un manual y el piloto no lograba comunicarse con el destino más cercano donde pudiera aterrizar. La adrenalina aumentaba en el interior de la pequeña nave. En mi mente elevé una plegaria al creador diciéndole: “señor: si es tu deseo que perezcamos todos en este vuelo, sea tu voluntad la que se cumpla, si no es así, ayúdanos a salir bien de esto y poder ver a los míos de nuevo, al menos dame una señal” … Perdí mi vista por una de las ventanas y al cabo de dos minutos divisé un pequeño rayo de luz que tímidamente se dejaba ver entre la tormenta. Me estribé un poco acomodando mi cabeza en mis brazos y me quedé más tranquilo todavía, sabía que todo saldría bien.
Al cabo de 10 minutos estábamos saliendo del ojo de la tempestad con trayectoria a la capital; aun llovía. Al llegar a Santo Domingo, tuvimos que durar alrededor de 15 minutos sobrevolando la ciudad por que el aguacero era tan fuerte y la pista de aterrizaje estaba tan llena de agua que debíamos esperar que disminuyera un poco el torrencial. Luego de esa eterna espera para mis compañeros de viaje, nauseas, pánico y llanto, arribamos a la ciudad al caer la tarde. En la sala de espera, al juntarnos todos, mi jefa sollozando aún y renuente en tomar otro avión con tormenta, dijo: “Tengo 2 preguntas para ustedes, una para usted, mirando al piloto y otra para usted Valentín. Por qué usted se arriesgó tanto en ese vuelo si anteriormente se había devuelto uno que venía de otro país? … El la miró a los ojos y repitió. Les dije que tuvieran confianza en mí, que todo saldría bien, y así mismo fe, sonriendo francamente como señal de triunfo. Y a usted Valentín, por qué usted estaba tan tranquilo, como si nada pasara, acaso usted es de sangre fría? … No señora, no soy de sangre fría, simplemente de eso se trata la fe, de creer en lo que no puedes ver ni tocar, de creer en las personas, de pensar positivo y depositar confianza en Dios siempre. Tomé mi ligero equipaje y me dirigí a la salida, mientras buscaba el rumbo de tomarme un delicioso cappuccino, me preguntaba entonces cual era el concepto que las personas tenían de la fe y el apego por una vida prestada; al menos la mía al cruzar esa puerta de cristales o abordar de nuevo otro avión con turbulencia, estaba libre de remordimientos.





