Tomé la “Ruta 66” mientras apartaba el cristal de mis ojos que impedían la visibilidad de ese gigantesco mar que bordeaba mis razones como la camiseta que jamás volvió a engalanar mi pecho; el parabrisas apartaba ligeramente algunas gotas de agua que “azarosamente” jugaban a volver loco mi recuerdo con tus delirios. Afuera el océano acariciaba tímidamente el sol que aceleraba el día; ese en que volvía a recordarte. Al caer la noche me conducía por los cañaverales que mestizan tu piel y amarga la mirada de mis vacías manos con sonrisa sepia de mis bolsillos. La noche caía. Algunas estrellas seguían mi sendero, la luna sin rostro ocultó su garbo y yo tímidamente callé sin malicia o secuela del día que no vi llegar. Enfrenté sin cobardía el banquete en el que sólo faltabas tú; todos callaron. Daban la vida por preguntar por el puesto vacío que acompañaba el lado de mi mesa sin pocas ganas o la suficiente para extrañarte; mi donaire de anfitrión se hizo trizas con las ilusiones de mi estirpe teniéndote como comensal en los días que dejaría de ser trovador taciturno.
Miré tu imagen en el reflejo en que podía verte o soñarte sin proponérmelo. Mi extremismo me impulsaba a danzar sin música para no fenecer ante mis respuestas con preguntas al aire. Recosté el perfil de larga jornada en ese banco de madera, prestando atención más allá de esas ramas de bambú que soñaban ser acróbatas al compás de la borrasca nocturna. La noche enmudeció. Hice caso omiso a los regalos y risas compartida de la sala sin coñac, sin vino. Aparté las luces que rozaban mi cara para perderme en el mundo de la complicidad en que acaricio el cauce de tu barbilla. Lisonjeé tu rebeldía y el grado de contradecir tus emociones reafirmando que contigo es imposible llegar a un punto medio. Sabía que al DORMIR de nuevo con tu remembranza sin nostalgia, me remontaría al recoveco de tu perturbado dilema en que juegas tener sólo a veces licencia para ser INFAME haciendo que eventualmente mis palabras se pierdan en el lago inexorable de tu orgullo.




