El aroma del negro café amargo volvió a esperar sus pasos que perdieron su andanza en el fastidioso reloj agonizante con segundos pusilánimes; sabía que no vendría, la luna brillaría por su ausencia; el auricular fallecía sin respuesta, sin susurro al oído, recordaba su perfume, su exquisita fragancia que invadía su esternón, su cordura. El cancionero despolvó sus melodías con estribillos dulces, sin oprobio, cerrando sus ojos, soñando por un instante perderse en la playa de su silencio seductor, ineludible bajo su hermosa sonrisa con pestañas fuliginosa, con sus labios sicarios, sin sus alas inmortales, con sus sueños a media asta. Recostó sus caricias en el rincón del alma, esperando con parsinomia la respuesta a los sentimientos más allá de un simple café, o el esquivar de sus palabras con pensamientos en voz alta, con delirio errante ante el optimismo extremo de su anhelada tranquilidad, sin la súplica de un abrazo trasnochado, con un mar de respuestas sin preguntas… Y así, cerró la puerta fantasiosa inmaculada, con una sonrisa, sin reproches, suspirando en la noche el aroma de su cuerpo donde le pertenecían exclusivamente sus caricias sin resistencia…
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martes, 29 de septiembre de 2009
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