No era tiempo de morir en sus brazos, de forzar el futuro o aventurarse al incierto. Entregó sus caricias sin importar, sin dejar nada para el día siguiente. La segunda muerte vino después con el rancio café helado en su mesa solitaria, tosca, transparente. La ciudad enfriaba sus calles bajo la lluvia estruendosa con algunos relámpagos y silencio total digno de ser encuadrado en un marco plateado, sin luna grosera o palabras escurridizas.
La fatalidad de un pensamiento recorría el alma desnuda con la arena en la espalda de las palabras olvidadas en el incierto de las noches despiadadas, sin morbo, con cariño en la mirada parlante sin licor, con paciencia, sin recuerdos, con premura; la madrugada disfrazaba la fría brisa que escapaba con el aliento imaginario de caricias furtivas en cualquier playa. Amar un imposible sería su castigo. Viviría con esto toda una vida y canciones deslizándose por la desnuda espalda del placer extasiado en la frivolidad de un abrazo con despedida y paciencia.
Y cerró sus ojos por un instante sintiendo como la insignia de aprendiz quemaba las pestañas de su incomprensión. Era más fácil caminar junto al sendero de mortales comunes con harapos e inframundo, era más fácil perderse en las tenues luces de la ciudad y convertirse en crucigrama. Recostó sus razones en su cama desnuda, con sus sabanas azules con témpano en sus almohadas asimétricas, moribundas, muy cerca de la pared que miraba sus madrugadas sin tempestad y sueños continuos para otra vida, sin conformismo, como esa hoja de papel que cruelmente sería arrancada de la libreta de apuntes sin importar el ensayo en sus líneas o como la rosa que disecaba sus pétalos ante la compañía eterna de un vals que a media noche tocaba con magia el cruel pensamiento atrevido que se escapaba por su ventana …
La fatalidad de un pensamiento recorría el alma desnuda con la arena en la espalda de las palabras olvidadas en el incierto de las noches despiadadas, sin morbo, con cariño en la mirada parlante sin licor, con paciencia, sin recuerdos, con premura; la madrugada disfrazaba la fría brisa que escapaba con el aliento imaginario de caricias furtivas en cualquier playa. Amar un imposible sería su castigo. Viviría con esto toda una vida y canciones deslizándose por la desnuda espalda del placer extasiado en la frivolidad de un abrazo con despedida y paciencia.
Y cerró sus ojos por un instante sintiendo como la insignia de aprendiz quemaba las pestañas de su incomprensión. Era más fácil caminar junto al sendero de mortales comunes con harapos e inframundo, era más fácil perderse en las tenues luces de la ciudad y convertirse en crucigrama. Recostó sus razones en su cama desnuda, con sus sabanas azules con témpano en sus almohadas asimétricas, moribundas, muy cerca de la pared que miraba sus madrugadas sin tempestad y sueños continuos para otra vida, sin conformismo, como esa hoja de papel que cruelmente sería arrancada de la libreta de apuntes sin importar el ensayo en sus líneas o como la rosa que disecaba sus pétalos ante la compañía eterna de un vals que a media noche tocaba con magia el cruel pensamiento atrevido que se escapaba por su ventana …



