Los seres humanos respondemos positivamente a los estímulos agradables, a sentir que somos amados, queridos, valorados y que le importamos a “alguien”… Difícilmente nos rehusemos aceptar un buen trato, una distinción o un gesto afectuoso sincero hacia nosotros. Durante todo el trayecto, mientras trotaba, sentí un poco de añoranza por la distinción que durante la adolescencia solía tener por parte de mi familia y aunque ese vínculo no se haya perdido, valoras y extrañas algunas cosas cuando ya no están contigo, cuando no las tienes y sabes que debes echar a volar tus ideales sin a veces tener alas. Muchos sustentan que la costumbre es más fuerte que el amor; pero dentro de ese sentimiento inexplicable podríamos afirmar que la costumbre es la zapata de esa ingeniería sencilla que muchos insisten complicar; es la columna vertebral que ratifica un sentimiento consolidado… Pero, que pasa cuando la costumbre rompe un lazo muy arraigado? Qué pasa cuando la frecuencia con que nos administran esa costumbre es aplicada con un cuentagotas mezquinamente? Nos convertimos en mendigos? Buscamos la manera alterna de seguir disfrutando de la comodidad a la que hemos estado acostumbrados? Despertamos de la placidez de nuestro nirvana para darnos cuenta de la desnudez que embarga nuestras razones y comenzar desde cero nuevamente?
En una relación de cualquier índole se establecen vínculos y dentro de los mismos, hacemos empatía y se cultiva la confianza sin importar a veces el tiempo de esta. No sabemos como nos asimilan las personas en nuestro alrededor; nos acostumbramos a una llamada telefónica, a un simple “Que tal”, un abrazo, saber como estuvo tu jornada laboral, como te fue de viaje, tu salud, etc.… Si bien es cierto que nuestra especie posee una capacidad vertiginosa de adaptación circunstancial, es bueno y válido aclarar que se necesita un tiempo prudente para independizarnos de ese lazo que ataba esa relación. Una ruptura sentimental, un adiós o la muerte de un ser querido, son situaciones difíciles de olvidar. En el primer caso, el tiempo, las ganas y fuerza de voluntad extrema nos ayudan a salir del circulo vicioso al cual nos rehusamos olvidar; el segundo, si esta despedida es simplemente un “hasta luego”; la esperanza es el consuelo oportuno de resistencia. En el caso de la muerte, nos queda únicamente asimilar y comprender a disgusto cuan asegurada está la misma en cada persona, es ineludible, ocasionalmente cruel; es el sello que permanecerá contigo en el archivo de sonrisas y recuerdos gratos de esa persona.
En 50 años de convivencia las mascaras han desaparecido y los puntos medios han convergido en el centro de la circunferencia matrimonial donde cada quien ha moldeado su carácter para formar un solo núcleo; cabe resaltar que las parejas que alcanzan o han alcanzado esta posición pertenecen al siglo pasado donde nuestros ancestros tenían en muchos casos, la potestad de encarar un matrimonio con póliza “hasta que la muerte los separe”. La costumbre es como tu prenda preferida, necesitas tenerla cerca, contigo y aunque no la uses, entras en pánico si se extravía. Aunque al final, sin hacer responsables a ciertas personas que juegan con las emociones de los demás, muy por encima de tener piel, respirar o acomodarnos a la placidez de las buenas acciones, palabras y muestra de cariño, buscamos miles de alternativas para subsistir … Regresé de correr 45 minutos mas tarde y escuché un silencio inusual, mi vecina no lloraba, probablemente rodearía su día perenne sin la presencia de su esposo en los rincones de la casa; probablemente postergaría sus lágrimas y lamentos para después o silenciaría su dolor encerrando este sentimiento en el recuerdo profundo de su alma donde está prohibido olvidar …


