A los 17 años mi amiga “VP” era tan hermosa que difícilmente alguien se resistiera a no mirarla. Ser bella era el pecado que denotaba sin ninguna pena. Aparte de hermosa era agradable, encantadora y con esa sensualidad que causaba envidia entre las contrincantes menos beneficiadas por la madre naturaleza. El contorno de su cuerpo parecía haber sido dibujado cual trazo de una Venus con el pincel del maestro Botticelli. La seducción era el arte que mejor ponía en práctica; nadie como ella para descubrir la cuenta bancaria del mejor postor que en un bar le dirigiera la mirada o en una esquina sin nombre alguno, lejos de ser puta con tacones altos y perfume barato. Su lema de vida era, no besar sapos, prefería besar príncipes reales.
De gusto exquisito, procurando atrapar siempre el pez grande en cualquier océano. Alguna vez comprendió que “Don Juan y derroche de dinero” por acariciar un cuerpo impregnado por cientos de manos morbosas y champagne, no iban a la par. Cinco años más tarde ya no era tan atractiva, su brillo desapareció; sus prospectos ya no eran tipos en Jaguar, eran compañeros de trabajo o de menos estirpe. Su vida dio un vuelco y literalmente rompió la regla de su airosidad en donde comenzó a besar a todos los sapos que encontraba en su camino. Cuando presumimos en demasía no terminamos siendo bofeteados por el altísimo? Me hacía esta pregunta contemplando la cara de mi amiga “VP” cuando fui a visitarle tras el nacimiento de su primera hija. Mientras buscaba la belleza exterior de sus curvas desaparecidas, de su sonrisa deslumbrante o de su esbeltez, comprobé que ella no era la única que ejercía la profesión de “besar sapos” y aunque alguna vez he estado lejos de besar ranas o encantamientos, comprendí que el orgullo, la arrogancia y el ego pasajero por el infantilismo de los que se rehúsan a crecer, termina devorando los caprichos pasajeros con golpes tan duros que cuesta mucho tiempo reponerse de ellos.
Casi me caigo de espalda al ver entrar a su esposo por la puerta de la sala muy lejos de ser un príncipe, más bien era un prototipo en extinción, el eslabón perdido del hombre de cromagnon con parches de esclavo africano. Ella apresuró su andar por la sala descalza para besar el “grinch” que apenas saludaba con sus manos enormes, muy parecidas a un yeti. Tenía compañera en estos momentos “Bella” o su insistencia con sendero a la realeza demandaba miles de besos hasta transformar su “sapo en príncipe"?








