Hizo un gesto compasivo arqueando las cejas disfrazadas de lujuria colgada en el perchero sin prenda antojadiza. El refugio a simple vista se convirtió en ábside de palabras que enmudecían. Una mezcla de altruismo, melancolía y desvelo de deslizó por el frío piso; los grillos cantores desafinaban por el embrujo de la noche sin traje de gabardina. "El silencio ruidoso olía a pasto y almizcle". Un bostezo imaginario acaparó el aliento suspendido; la vieja vitrola estrenó corcheas con moho, barniz de castillo y el capricho atrevido de una muerte anunciada; la ciudad estaba a punto de perecer.
Sus pasos se desplomaron, su fuerza caviló. Un extraño le acompañaba, restregó sus ojos achicados por el efecto invernadero que hacía más cálido el lugar, el espejo lucía empañado, polvoriento como el "cuaderno atrevido con poemas deliciosos", volteó despacio la mirada, nadie estaba tras su espalda, la luz tenue daltónica movía la silueta semi encorvada. Su manía desnuda avanzaron claramente hacia el reflejo verdadero lejos de pesadilla atrapada en dársena. Pasó sus manos ligeramente por su cara, surcos atrapó en sus "acirueladas manos"; reconoció su perfil, sus mismos ojos café, su cabello blanco algodón; dibujó una sonrisa para regresar a la quietud de su entorno, quizá a un viejo banco de madera donde el silencio no era imaginario, la ciudad confusa desaparecía sin detectives en los recuerdos del alma.




