… Y despertó de su letargo de mil años comprimido en 7 días. La tercera muerte llegó sin lágrimas, con ese silencio que producía un estruendo radiante, abrazando la verdad absoluta, sin azahar, sin bálsamo para el dolor o color fuera del entorno gris que había tratado de conducir sus pasos por el descarrilado tren sin rumbo fijo, sin voltear la mirada hacia atrás buscando un poco de compasión en ese agujero negro infalible rodeado de alpiste, enmudecido y con residuos del noveno pecado capital en sus manos ensangrentadas. El afinado violín volvió a sonreír al entonar su melodía tan triste que enlutaba el sol. No habría oportunidad para soñar de nuevo o ser optimista. Empacaría los trozos de su dignidad y los enmarcaría en su caja toráxica sin corazón hasta quien sabe cuando. Su dilema caducó sin lloronas ni cánticos gregorianos tras el visor afligido de algunos ángeles, acogiendo la plegaria de un ferviente deseo escondido en la sombra del nogal que envejecía el banco de madera olvidado en una calle noctámbula, sin preámbulos, crueldad o promesas, sellando como discípulo de Isabel Allende el mito cruel que sin respuesta alguna, tras varias décadas o algunos días, procuraría el perdón causado al menos en su conciencia…
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domingo, 13 de diciembre de 2009
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