Me quedé por un instante observando a mi hermana el pasado lunes en su cumpleaños al cual asistimos de pasa día en familia en la playa de Salinas … miraba una y otra vez su semblante mientras el tímido sol del atardecer doraba su corta cabellera. Caminé hacia ella y sin decirle palabra alguna recosté mi brazo izquierdo en su hombro y mi cabeza tímidamente escapando el agua salada por su espalda; disfrutando de este gesto que constituía sin duda alguna uno de los días más felices del año para mi, recordé una vez más las razones por las que amo deliberadamente a mi hermana: “Su transparencia” y con esta, la constancia en los rasgos de su personalidad, su sentido de buen humor a flor de piel y esa risa sin igual que viene directamente del corazón. Estoy conciente de que los humanos no reímos siempre, pero esta condición hace más agradable la presencia de quienes disfrutamos su compañía o estimamos. Estoy seguro que ella ha pasado por etapas dolorosas y pruebas, más ha decidido salir de las mismas sin gestos de pantomima. Contrario a ella y a quienes deciden vivir a todo corazón cada minuto de existencia, hay otros que cierran herméticamente su vida y tiran al fondo del mar la llave, sin darle la oportunidad a quienes desean entrar por la misma puerta que alguna vez tuvo balaustre. Es justo o correcto asumir esta posición con todo el mundo? Por qué tiempo subsistimos en esta reclusión interna? Se repone el alma ante tal oscuridad?
Las personas resolvemos los problemas, situaciones y dificultades momentáneas mediante el dialogo, la comunicación efectiva y el entendimiento sin anteponer la razón asumida como universal; cuando nos quedamos atrapados dentro de esa burbuja por tiempo indefinido, vamos cavando una fría y despiadada tumba donde van pereciendo cada uno de los sentimientos hermosos de nuestro interior y oxidando el caparazón externo vestido de hipocresía y frialdad. Siempre hay personas a quien le importas, amigos disgustos a escucharte, alguien en tu familia con un hombro incondicional para servirte de soporte ante las caídas. Saca las amarguras afuera, ámate sin importar las heridas del pasado y ríe en lugar de inspirar lástima o desprecio. Comienza por abrir las ventanas, poco a poco y cuando menos imagine, las puertas que mantuviste cerradas por largo tiempo, abrirán sin crujidos, sin dificultad, cuando esto sucede, liberas tu interior de ese efecto invernadero en que tuviste atrapado y si la resistencia le ganan al optimismo de tu entorno, es probable que la muchedumbre que se encontraba del otro lado del portón se hayan marchado. Quizás a muchos, por encima de la sensatez, de abrir nuestro interior y ofrecer nuestra ayuda solidaria o regalarle una llave maestra, debamos recordarle que las ciudades amuralladas no están de moda y que en Berlín ya no hay muro por derribar…




