Alguna ves has intentado unir los restos de un objeto luego de haberse roto? Aunque esa pieza “aparentemente vuelva a su integridad” sin duda alguna no es la misma. Así ocurre cuando se pierde la confianza. Difícilmente se recupera una vez perdida. Muchas teorías sostienen que a las personas nunca llegamos a conocerlas, yo creo a grandes rasgos que si, que tenemos un prototipo forjado y que vamos moldeando según las situaciones y personas que encontramos en el transcurso de los años, de nuestra cotidianidad.
Por más que trato, mi extremismo es una estrategia innata de supervivencia. Cuando estimo una persona lo hago hasta la muerte (y debo aclarar que NO uso la balanza para odiar, es una de las palabras más ordinarias y un sentimiento que te lleva a la muerte en vida; prefiero ignorar. Cito: Los humanos no estamos diseñados para ser ignorados) Pienso que este siglo es el plus de la humanidad, el que nos exige y demanda transparencia, quitarnos el velo y aceptar que no somos perfectos y que estamos hechos de sentimientos con huesos y exterioridades tan superfluas como la piel. Muchas veces pasa, pensamos que una persona es deslumbrante, extraordinaria porque insiste llevar una máscara puesta para camuflajearse ante nuestras miradas, sentido común e intuición y cuando nos damos cuenta de quien es en verdad, escuchas el sonido peculiar de ese vidrio estrellándose contra el despiadado piso. La confianza es un hilo delgado del que cuelgan tantos sentimientos como un tendedero de ropa al sol, sin necesitar que sujetadores de madera o plástico fijen cada prenda en el cordón.
La confianza es ese alambre que en ese tendedero cada prenda representa una emoción diferente ante una persona. La confianza no permite dosificación ante la credibilidad total, pero cuando es expuesta a duda y desconcierto, comienza el proceso reversible. Si la paz no se negocia, la confianza no se mendiga o alardea. Por desgracia cuando dejamos de creer en las personas que habíamos depositado un mar de sentimientos o afecto sincero, necesitamos tiempo para restablecer la credibilidad; si no hay tiempo para una segunda impresión, la gente despiadada y prejuiciosa arroja al laberinto instantáneamente a las personas mentirosas, canallas, falsas e impostoras y los empáticos seguirán experimentando la sensación de engaño y perdón ante las mentiras que encierran los supuestos “ángeles” de alas negras y alma nauseabunda.
Por más que trato, mi extremismo es una estrategia innata de supervivencia. Cuando estimo una persona lo hago hasta la muerte (y debo aclarar que NO uso la balanza para odiar, es una de las palabras más ordinarias y un sentimiento que te lleva a la muerte en vida; prefiero ignorar. Cito: Los humanos no estamos diseñados para ser ignorados) Pienso que este siglo es el plus de la humanidad, el que nos exige y demanda transparencia, quitarnos el velo y aceptar que no somos perfectos y que estamos hechos de sentimientos con huesos y exterioridades tan superfluas como la piel. Muchas veces pasa, pensamos que una persona es deslumbrante, extraordinaria porque insiste llevar una máscara puesta para camuflajearse ante nuestras miradas, sentido común e intuición y cuando nos damos cuenta de quien es en verdad, escuchas el sonido peculiar de ese vidrio estrellándose contra el despiadado piso. La confianza es un hilo delgado del que cuelgan tantos sentimientos como un tendedero de ropa al sol, sin necesitar que sujetadores de madera o plástico fijen cada prenda en el cordón.
La confianza es ese alambre que en ese tendedero cada prenda representa una emoción diferente ante una persona. La confianza no permite dosificación ante la credibilidad total, pero cuando es expuesta a duda y desconcierto, comienza el proceso reversible. Si la paz no se negocia, la confianza no se mendiga o alardea. Por desgracia cuando dejamos de creer en las personas que habíamos depositado un mar de sentimientos o afecto sincero, necesitamos tiempo para restablecer la credibilidad; si no hay tiempo para una segunda impresión, la gente despiadada y prejuiciosa arroja al laberinto instantáneamente a las personas mentirosas, canallas, falsas e impostoras y los empáticos seguirán experimentando la sensación de engaño y perdón ante las mentiras que encierran los supuestos “ángeles” de alas negras y alma nauseabunda.




