Tras esperar más de dos horas para fotografiar a una de las personalidades para la publicación de la revista de la cual soy editor en jefe, no nos quedó otra alternativa que marcharnos sin terminar por supuesto nuestro trabajo, aun sabiendo que él mismo, era la figura principal para ese artículo. Era la tercera vez que nos dejaba esperando sin excusa aparente. Estaba seguro que nos dejaría plantado, no era la primera vez que me tocaba realizar un trabajo en el cual estaba inmiscuido este personaje a quien he terminado por llamarle “Señor Complejo” la representación maestra de este laberinto oscuro, un ser tan complicado que en una entrevista de televisión, cinco personas que estarían en el set compartiendo en un programa, tuvieron que pararse y esperar que “el señor complejo” decidiera donde antojadizamente sentarse, porque de no ser así, imaginaría caprichosamente, que le habían dado el lugar más insignificante en el set. (yo estaba loco por decirle diplomáticamente: lo siento señor, pero en lugar de conseguirle el asiento adecuado para su entrevista, le buscaré el teléfono de un buen terapeuta para su manojo de inseguridad) Mi roce con infinidades de personas de diversas áreas y estratos sociales me da la facilidad de conocer y comprobar cuan complejo es el ser humano frente a diferentes circunstancias de la vida, aun esas cotidianas que no requieren protocolo alguno, sino una pizca de espontaneidad y sentido común.
Es alarmante la cantidad de personas que se dejan ganar la batalla por los complejos externos de una apariencia aún cuando su interior posee tantas bondades, tantas riquezas como una mina de diamantes. Este siglo vino para que todo mundo se quite las máscaras, para que espante los miedos, para que mire por encima de sus complejos y adore sus diferencias. El pequeño de estatura desea ser gigante y quienes tienen una gran estatura, en algunos casos se acomplejan de esta. Por Dios! Si no puedes hacer nada para corregir algún rasgo, no dejes entonces escapar estos complejos encerrándote en un laberinto de culpabilidad y amargura. Nadie quiere rodearse de personas negativas, nadie quiere rodearse de personas pesimistas, nadie quiere rodearse de personas llenas de miedo extremo o inseguridades propensas al fracaso. Si bien es cierto que aprecio las personas seguras, diferentes y sin complejos, no es menos cierto que me desagradan enormemente “los irreverentes”, los que siempre viven llenos de amarguras y se resisten a evolucionar quedándose atrapados en una burbuja de tiempo y espacio, resistiéndose al cambio, durando décadas con el mismo corte de pelo, usando el mismo estilo de ropa y aunque parezca increíble, comiendo durante años, la misma comida, día tras día.
Los individuos que presentan un alto índice de seguridad sin rayar en el egocentrismo, son generalmente los que tienen menos dificultades para establecer relaciones interpersonales y afectivas con los diferentes círculos donde se desenvuelven. En el mayor de los casos, quienes ponen una pared para no dejar al descubierto sus emociones, son personas agradables cuando les trata sin pose alguno, como algunos jefes a los que les cuesta reír francamente frente a sus empleados, como si la vida fuera tan estirada o las carcajadas estuvieran exentas en algunos humanos. Es el maldito morbo el responsable de que hayan cada vez más personas asquerosamente necias, villanas, malvadas, repugnantes y hasta cierto punto despreciable, es el arquetipo social el que forja hombres y mujeres llenos de complejos, es la privación de la espontaneidad en el seno familiar la que forja gente callada a tal punto que tras un frívolo rostro y una apariencia sumisa, se escondan los asesinos en serie, violadores y delincuentes jamás inimaginables; allá afuera hay tanta gente parecida al "señor complejo, con tantos demonios internos que dan escalofrios, con tanta bipolaridad y trastornos emocionales indescriptibles ... son los mismos complejos que nadie quiere abandonar los responsables de que tras cerrar las puertas de nuestra conciencia, se desaten a plena luz, bajo la codicia de pecados capitales, las crónicas de un oscuro placer …







