lunes, 7 de enero de 2008

HOGAR: DULCE HOGAR


Aquí, Don Memo vivía feliz. Tenía todo lo que necesitaba para estar en armonía con el medio ambiente y todo lo que le rodeaba. Se levantaba cada día con el friíto del roció mañanero y se calentaba al amparo de las brasas que dejaban la leña en el fogón donde colaba su esposa un rico café de pilón.

Tenía todo para ser feliz, su casita campestre con piso de madera, agua fresca que tomaba de las venas de los manantiales que había en sus proximidades, Don Memo era plenamente feliz.


A sus 75 años trabajaba la tierra, comía el fruto de ella y cuidaba sus animales domésticos, sus gallinas, vacas y patos. Recibía la visita una vez al año de sus hijos y sus nietos y se extasiaba lleno de felicidad durmiendo con el sonido de la corriente del río que corría a pocos metros de su casa. Tenía todo un cielo abierto para contemplar las estrellas las noches oscuras y recordar la felicidad de cada uno de sus días vividos.

Un día de un mes que no quiso existir en el calendario, sus hijos vinieron a llevarse a Don Memo y su felicidad. Sus días de contemplar el paisaje de los confines entre Yuna y su mirada se acabaron.



Un reloj metálico se encargaba de despertar sus mañanas en lugar del canto del gallo. Todo lo rural desapareció de su entorno y comenzó a sumergirse en la melancolía. Cierta tarde, en una de mis andanzas, observé la casa de Don Memo llena de arbustos, hierbas y maleza; ahí estaba su dulce hogar derrumbándose en la extrema soledad.

Se entristecía con cada atardecer y ya no miraba los senderos que recorría en cada jornada. No había transcurrido medio año cuando les rogó a sus hijos para que le dejaran volver a contemplar su hogar; escuchar el trinar de los pajaritos en las mañanas y observar las luciérnagas a prima noche. Tras su insistencia, sus hijos le concedieron el deseo.



Volver y revivir el recuerdo de sus días postreros era lo que mantenía vivo a Don memo. Su corazón afligido no resistió tanta nostalgia y murió con la visita a su dulce hogar donde murió en paz con el silencio y la dicha de los que no echan a un lado sus ideales y de los que viven aun muriendo.

Hace días, en un safari, pasé por la casa en donde dejó encerrado sus recuerdos Don Memo; sentí tanta nostalgia. Me parecía verlo en el patio de la casa alzando la mano en gesto de alegría y enviando un recuerdo afectuoso a mi familia. Ahora que lo pienso, a veces somos egoístas en pensar en nuestra felicidad y no en la de otros; algunas personas son como árboles centenarios, echan raíces profundas y es imposible sacarlos de donde están.

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