Los minutos del reloj impacientaban sus ansias por perderse en sus oscuros ojos de sonrisa esquiva, cálida, escueta… la noche danzó por un momento sin luna azul, sin estrellas fugaces y con el destierro acelerado de los minutos que corrían brutalmente; ansió congelar cada segundo y separar el ruido confuso del murmullo ocasional mientras deseaba antojadizamente ser ese chocolate que era mordisqueado con la exquisitez de sus labios gruesos, tímidos ante una sonrisa, casi perfectos, de pocas palabras y contradicciones envuelto en perfume delicado …
Disimulaba su atracción perdiendo a veces, sólo a veces su mirada pendenciera ante el escote de alguna “femme fatal” o una chica de piernas esbeltas como tenista sueca para no despertar el morbo que en verdad estaba frente a sus narices; la cordura estaba presente en el entorno, más no en su mente delirante que fantaseaba por algunos segundos.
La ciudad hizo contraste con su luz artificial resplandeciente, el instante era mágico, dulce … los trovadores del parque habían marchado sus pasos y el entorno les pertenecía, como sus pensamientos o las ganas de encontrarse a media luz, sin palabras, sin desafíos olvidados en neuronas ante un después; ligeramente los escasos centímetros hacían acordes románticos, dignos de una leyenda urbana noctámbula.
Y así, la crueldad de un taxi llegó, sin mesura, sin espera… abandonando el banco de madera sepia, vio caminar su hermoso cuerpo de pasos cadenciosos circunspectos en el tibio asfalto de madrugada, con un hasta luego en sus bolsillos; cerró en la quietud de sus paredes los ojos que recordaban cada instante esperando que en poco tiempo, sus sueños de ojos cerrados, se hicieran realidad...
Disimulaba su atracción perdiendo a veces, sólo a veces su mirada pendenciera ante el escote de alguna “femme fatal” o una chica de piernas esbeltas como tenista sueca para no despertar el morbo que en verdad estaba frente a sus narices; la cordura estaba presente en el entorno, más no en su mente delirante que fantaseaba por algunos segundos.
La ciudad hizo contraste con su luz artificial resplandeciente, el instante era mágico, dulce … los trovadores del parque habían marchado sus pasos y el entorno les pertenecía, como sus pensamientos o las ganas de encontrarse a media luz, sin palabras, sin desafíos olvidados en neuronas ante un después; ligeramente los escasos centímetros hacían acordes románticos, dignos de una leyenda urbana noctámbula.
Y así, la crueldad de un taxi llegó, sin mesura, sin espera… abandonando el banco de madera sepia, vio caminar su hermoso cuerpo de pasos cadenciosos circunspectos en el tibio asfalto de madrugada, con un hasta luego en sus bolsillos; cerró en la quietud de sus paredes los ojos que recordaban cada instante esperando que en poco tiempo, sus sueños de ojos cerrados, se hicieran realidad...







