Juntos habían protagonizado uno de los romances más hermosos. Su historia se disolvía como muñeco de nieve al llegar el sol de primavera. Ella guardó su sonrisa y se abrigó de angustia. Mutiló las ganas de perderse en el abrazo infinito de su príncipe azul; mordió su lengua y enmudeció.
El empacó sus camisas arrugadas, las mismas que ella planchaba con su cuerpo desnudo en la alfombra que la madre naturaleza tendía para ambos; él olvidó ser trovador y antepuso su orgullo. Olvidó reír. Se hizo aliado de su propia sombra donde enjuagaba las lágrimas que nunca vio llegar. Olvidó el placer de caricias furtivas conduciéndose por el pasillo de la misantropía. Olvidó sus razones y se encerró en su mundo.
Ella palideció con cada amanecer, su blusa color lila palideció también. Ya no sabía que era mejor, ser su enemiga o ignorar todo. Comprendió que no debía olvidar ningún detalle, ni sus besos, ni su aroma inusitada como el perfume que desprende el cedro al calor del verano. Intentó una y mil veces ponerle color a la vida y sentir la libertad al volar de un extremo a otro como colibrí, sintiendo la brisa fría acariciar su cara.
El vistió de negro su cordura y atravesó la escarcha de sus palabras. Sacó sus mariposas del vientre. Viajó sin rumbo fijo hasta besar los cimientos del olvido. De nuevo embarnizó su coraza de orgullo, atrapó los buenos recuerdos en ese talismán y los lanzó a la vía del ferrocarril cruel de la indiferencia. Su barba creció, su voz pausó. Quería olvidar lo inminente, olvidar que podía amar, que extrañaba los besos de su amada al compás de cada luna llena, sin sus tonadas.
Sentados compartían el sabor delicioso del manjar de un adiós; el mismo que ninguno quería ver llegar. Ella moría por apretar su mano y soltarla jamás. El deliraba por voltear la mirada y olvidarse del mundo. La displicencia danzó bajo la mesa poco opulenta, a media luz, sin caprichos, sin luna a media noche. El viento sopló por la ventana donde Poseidón asomó su silueta cruel sepultando los residuos de arena, sueños y mirada de ojos grises.





