Ayer me levanté a media mañana; eché todo a un lado y me rehusé a tomar hasta mi café matutino. Fuí al trabajo y apenas estuve por un intervalo de una hora y 10 minutos. Sin pensarlo dos veces me fuí de nuevo al mar haciendo escalas en todas las partes donde pudiera tocar el agua turqueza y mojar mis huellas digitales con la sal que bañan las rocas y las palmeras que a lo lejos danzan con su brisa suave que corrompe sus hojas alargadas con ese salitre que adormece las tardes cálidas de la existencia de todos los que respiramos el aire que llega contaminado por la osadía de las personas malvadas.
Perdón, si perdón era la palabra de este día, un día en el que las nubes grises y el sol tibio reñían como si fueran complices, un día en el que parecía más fácil dejarlo todo; no estaba cuesta abajo, tampoco estaba mal; pensaba de nuevo en la complejidad de la palabra del día: PERDON, una palabra que taladraba mi alma y me impulsaba a perdonar a otros luego de haberme perdonado a mi mismo dejando atrás mi rastro de orgullo, impaciencia e ira justificada ante los atropellos de los que nunca vuelven sus pasos y engrandecen el monstruo que dentro de una caja vacia con agujero negro tienen en el pecho.
Me preguntaba si perdonar era olvidar. Olvidar era suficiente ante los tiranos? olvidar que? Aveces parece que cuando perdonamos abrimos la siguiente puerta para que los osados den un paso adelante con su maldad, su ira y su necedad que me invadia provocándome nauseas por saber que comparto cromosomas con alguien que no entiende que no apoyo los ideales de los que insisten oprimir a quienes amamos, castigar vil mente cuando los complejos internos devoran la razón de alguien que tiene un corazón cubierto de telarañas.
Alguna vez has sentido que perdonar es apartarte de alguien definitivamente y echar al fuego los malos recuerdos? Alguna vez has sentido que la mejor forma de perdonar es ponerle un stop a lo que soportas a diario y callas con tu silencio como si otorgaras una medalla condecorando a ese (a) cruel villano que aveces comparte el mismo techo contigo? ... pedir perdon es la segunda expresión más dificil entre los humanos; aveces lo decimos con poca premura en nuestros labios, dejando escapar sutilmente unas letras con pocas vocales y con un una indiferencia total, como la mía ante el origami o las pocas ganas de echarle una mordida a ese sandwich de mango, queso crema y pimienta negra.
Recosté mi cabeza en ese sillón alargado cerca de la playa mientras veía un cangrejito correr de una ola que muy cerca habia tocado sus patas; tomé la escena como un meta-mensaje mientras obserbava al animalito corriendo a su santuario, protegiéndose de las olas proveniente de aguas turbulentas de playa caribe mientras unos surfistas eran arrastrados con sus tablas a la orilla. Así se avalanchan nuestros problemas cuando un simple perdón no es suficiente, cuando perdonas millones de veces y vuelven a desequilibrar tu paz, cuando te coartan de reir, de soñar ... de amar.
Perdonar es liberar el alma de los complejos y los resentimientos que guardamos constantemente con el comportamiento de los viles mentirosos (as), padres malvados y personas que cruzan el umbral de los sueños sublimes, de vivir minutos extras con escapes momentaneos por el sendero corto de la felicidad.
Mientras dormitaba debajo de un manto plástico protegido del sol intruso y el sonido contagioso de los arrecifes, el romance de las aguas que danzaban con esa intensidad extrema que divertía mis sentidos, me sumergí en las cálidas aguas buscando en neptuno el refugio de un día en que por milesima vez me perdonaba a mi mismo, asi de simple, sin ser culpable, sin haber hecho nada. Cerré mis ojos por octaba vez mientras ponía en manos de Dios todo lo que estaba más allá de mis manos, sin resignarme, pero si con paz en mi corazón.










